¡Lo nuevo!

Cuando la magia se hizo presente en Cuautitlán Izcalli


Caminando a casa meditaba sobre lo curioso que habían sido los últimos días: un calor penetrante durante las mañanas con lluvias poderosas al anochecer, sin olvidar el granizo que ha complicado el tránsito y que también ha traído hermosas postales en algunas colonias de Cuautitlán Izcalli.

Este escenario describía de forma exacta el dicho popular sobre la poca locura de marzo; que de no ser por la tecnología y sus predicciones, la gran mayoría ignoraríamos si a finales de este invierno al salir  temprano de nuestros hogares deberíamos ir preparados con algún abrigo, impermeable, un paraguas o solamente vestir algo ligero para no sentirnos aturdidos por la tarde.

Se percibía una atmósfera apresurada, la cual era decorada por un tono naranja suave en cielo, algo muy extraño, resultado de la puesta del sol y su luz penetrando las gordas nubes que techaban varias comunidades y kilómetros a la redonda.


¡Golazoooooo! Gritó un niño cerca de mi. Escucharlo hizo que me desconectara de la postal meditativa en la que me encontraba sumergido. Como amante del futbol, esa frase tan magnética me incitó a girar el cuello automáticamente para observar la hazaña de aquel futuro goleador de la selección.

Mi mirada se posó sobre dos pequeños, ninguno pasaba de los 10 años y eran vigilados de reojo por dos mujeres que se encontraban charlando a poca distancia de los muchachos. 

Aún vestían el uniforme escolar que ya mostraba señales de varias barridas y lances sobre el campo de juego. A sus pies iba y venía un bote de plástico blanco con detalles cafés, causados por la fricción con el piso, el cual los mantenía en un trance, como hipnotizados. 

Parecía que pertenecían a otro mundo.

Y sí, no tengo duda alguna que se encontraban en otro lugar, quizá en un gran estadio con miles de espectadores, defendiendo la playera de su equipo favorito, disputando un gran partido, una final del mundo tal vez o simplemente representaban a su país en un importante torneo.

No, para ellos no era simplemente un pedazo de plástico. Era un gran balón que al cruzar las mochilas que simbolizaban la portería perforaba la red.

Inmediatamente me adentré a su universo: el concreto se convirtió en césped húmedo, bien cortado y de un verde espectacular. Disputaban cada regate como si fuera el juego más importante de su vida; reclamaban, gritaban, reían y disfrutaban su momento.

                     

Sus rostros reflejaban un estado místico. La humedad se hacía presente ya en la frente del más bajito de ellos, quien al momento reclamaba con tono enfadado una falta de su adversario.

¡Esa es de roja! dije en mi mente. El mayor argumentaba de forma burlona que le había quitado el balón limpiamente, mientras que su rival yacía tirado en el campo de juego; penal conciliaron los dos.

El ambiente se tornó tenso, pues a causa de las primeras gotas de lluvia que se hacían presentes en el lugar, el disparo definiría quien ganaba el encuentro.


Las madres, que en este caso representaban al réferi, apuraban de forma insistente a estos magos del futbol y de la vida.  A ellos parecía no importarles mucho la tormenta que se avecinaba y las inundaciones que traería, su objetivo estaba en detener o anotar, perder o ganar.

Los segundos transcurrieron más lento, mi estómago envolvió cierta sensación de nerviosismo, pues era el penalti más decisivo que había observado en mi vida.  Ni aquel que falló Rafael Medina ante Pumas, y por el que Guadalajara perdiera la final en el verano de 2004, me había causado tanto estrés.

Ya apúrense, gritaba una de las madres, que en esta atmósfera de ensueño sonó más como el silbato que daba la autorización de tirar la pena máxima del futbol.

El cobrador se tomó unos segundos de más. Subió el rostro y sus ojos se encontraron con los del portero, la escena denotaba cierta conexión de almas.  De forma sincrónica en los dos se dibujó una sonrisa. Una extraña complicidad  conectaba a estos seres.


Antes de que me diera cuenta el disparo salió, raso y al lado derecho del arquero quien no pudo evitar que traspasara la línea de meta.

¡Goooool! ¡Golazooooo! se escuchaba en el entorno.

La voz llena de alegría de aquel pequeño volvió a desconectarme de este trance. Sorprendido y con el rostro sonriendo vi como estos dos bonachones se despedían prometiéndose la revancha al día siguiente durante el recreo.

Apresuré el paso para evitar mojarme.

Había dejado de ser espectador de una gran puesta en escena y el aprendiz de una cátedra que me dio la vida en menos de 90 segundos. En ese momento, al notar que del cielo provenían gritos de advertencia sabía que debíamos prepararnos para una posible inundación.

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